Por José Luis Galván Hdz.
Bajo el cielo de Caracas, una luna llena inmensa y plateada servía de reflector para la puesta en escena más ambiciosa de lo que va del mandato de Trump. No eran camellos los que cruzaban el horizonte, sino helicópteros silencioso, los nuevos «Reyes Magos» de la tecnología Delta, guiados por una estrella que no era de Belén, sino de los satélites de reconocimiento.
Los equipos especiales descendieron sobre el pesebre del poder chavista con la precisión de un guion de Hollywood; buscaban al «niño» dictador, no para adorarlo, sino para extraerlo de su cuna en el palacio de Miraflores.En esa madrugada de estruendo y sombras, la narrativa oficial vendió el milagro: Maduro era llevado al norte y, supuestamente, la libertad volvía a nacer entre las ruinas de una soberanía herida. Fue el «show mediático» perfecto, una representación teatral donde el símbolo del elefante republicano se erigía triunfante sobre la selva política, prometiendo un regalo de liberación envuelto en el celofán de la democracia, mientras las cámaras de televisión transmitían al mundo el nacimiento de una nueva era.
Sin embargo, al encenderse las luces del escenario, el Rey Mago de la melena dorada reveló su verdadera máscara: la del Grinch que se robó la Navidad energética. Trump, montado en el lomo del elefante imperial, (y del partido republicano) no traía incienso ni mirra, sino contratos para las petroleras norteamericanas. Con la frialdad de quien reclama un botín de guerra, declaró que las reservas más grandes del mundo ahora pasarían a manos de las empresas de Texas, dejando al pueblo venezolano con el mismo pesebre vacío.
La «liberación» resultó ser un cambio de actores, pero con el mismo escenario; mientras Maduro volaba a una celda en Nueva York, en Miraflores el régimen no moría: Delcy Rodríguez, tomaba el mando y los comandantes leales al chavismo seguían custodiando las armas. El monarca del norte no buscaba redimir al pueblo, sino asegurar el recurso estratégico, dejando la estructura del poder intacta siempre y cuando el flujo de crudo cambiara de dirección.
Este inicio del 2026 nos deja ante un Rey Monarca indiscutible que ha decidido que las leyes internacionales, la ONU y la OEA son meros estorbos en su guion que sin duda es un monologo. «El Rey”, actuando por encima del propio Congreso Norteamericano, ha redibujado el mapa de la soberanía latinoamericana a golpe de la fuerza. Al final, queda la pregunta amarga: ¿Es Trump el Rey Mago que trajo la libertad o el déspota que la disfrazó para saquearla? La reflexión es clara: para Venezuela, el regalo de la libertad ha sido una caja vacía; para el mundo, es el aviso de que el «Rey» no respeta fronteras.
Entre el espejismo de la liberación y la realidad del despojo, la figura de Trump se alza no como un salvador, sino como el Grinch geopolítico que, tras robarse el petróleo, observa desde su torre cómo los países latinoamericanos intentan celebrar un año nuevo sin esperanza, bajo la sombra de un imperio que va por los recursos naturales, y al frente su gran “Rey Mago” : Donald Trump.